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Historia

Historia 

Fue en los primeros meses de 1936 cuando el padre Enrique Del Valle, provincial de la Compañía de Jesús, aprobó la fundación de la Obra Nacional de la Buena Prensa: una editorial que a partir de allí se instalaba en México con la idea de unificar el prolijo apostolado de la prensa que diversos jesuitas tejían desde diferentes lugares del país. Su objetivo central: difundir en letra impresa la palabra de Dios.         

          El elegido para echar a andar esta aventura fue un jesuita de anteojos redondos y ágil pluma. Desde la residencia de Saltillo, Coahuila, el padre José Antonio Romero ya venía dirigiendo varias publicaciones periódicas que se adhirieron a la nueva empresa: Cultura, Favores del Padre Pro o la superviviente Vida del alma, comenzaron con él a principios de la década. Ahora tocaba reunir, en una oficina del sur de la ciudad de México, todos los esfuerzos editoriales que manaban de las máquinas de escribir de numerosos escritores y periodistas ligados a la causa católica.

P. José Antonio Romero, SJ

          Eran tiempos turbulentos aquellos años treinta. Mientras el swing iba invadiendo los aparatos de radio -y en Alemania se prohibía el jazz- en México aún se percibían los resabios del callismo y la persecución religiosa. Contaba el padre Romero –en una bien conocida anécdota- que alguna vez estuvo en la cárcel y se vio obligado a comerse unos papeles comprometedores. Quizá en esa ingestión de vocablos yace el inicio simbólico de una auténtica y comprometida editorial que, al paso de cada década y sus particularidades, se ha mantenido como obra de los jesuitas de México al servicio de la Iglesia en un mundo cambiante.

          En plena fiesta de San Ignacio de Loyola, el 31 de julio de 1946, Buena Prensa mudaba sus instalaciones al número 180 de Orozco y Berra: el gran edificio que, hasta la fecha, funciona como centro neurálgico de la editorial y sitio desde donde se traza su misión. Por aquellos años se publicaron alrededor de seiscientas ediciones de diversos libros y folletos.

Fachada Orozco y Berra 180

          A la muerte del incansable pionero José Antonio Romero, en 1961, los superiores de la Compañía enviaron al padre Wilfredo Guinea a Georgetown –la universidad jesuita de Washington D.C.-, para entrenarse como editor profesional. Tomaría posesión a principios de 1962. Si bien ese mismo año Marilyn le cantaba “Happy Birthday” al presidente Kennedy, y se hablaba de astronautas y misiles soviéticos, en octubre la Iglesia Católica comenzaría a vivir el acontecimiento más contundente de su historia reciente: Juan XXIII convocaba al Concilio Vaticano Segundo.

          Mientras obispos y teólogos deliberaban cómo renovar la Iglesia, el padre Guinea no lograba conciliar el sueño por las noches porque los números de Buena Prensa enrojecían y no hallaba la forma de pagarle al personal. Finalmente, gracias a la traducción de cuatro voluminosos tomos de la vida de los santos que le encomendó el arzobispado, las finanzas de la editorial lograron salir a flote.

          Ya recuperado el oxígeno y respirando el aire post Vaticano Segundo –que arrojó profundos cambios a la vivencia de la misa- llegó al cuartel de Orozco y Berra el padre Ignacio Rovalo: jesuita especializado en liturgia. Así, en tiempos de Lennon-McCartney, el binomio Guinea-Rovalo también se hacía célebre por las nuevas producciones de Buena Prensa. Textos clave como el misal romano o los rituales para sacramentos se actualizaban bajo sus acuciosas miradas. Para 1966, y después de sortear numerosos obstáculos con la ayuda de obispos y sacerdotes, la dupla consiguió la autorización para adaptar las traducciones oficiales españolas a la región. Así, -en un gesto posconciliar que aterrizaba a la liturgia en topografías particulares- se cambió, por ejemplo, el “ustedes” por el “vosotros” en todos los misales y folletos que salían de Buena Prensa rumbo a librerías y parroquias.

          También fue durante esos efervescentes años sesenta cuando, en plena Edad de Plata del cómic, llegó a Buena Prensa el padre Antonio Serrano para encargarse del material artístico de la editorial. Diestrísimo en lápices y pincel, a este artista jesuita le debemos las preciosas acuarelas que ilustran los evangelios del misal; las ingeniosas cápsulas litúrgicas protagonizadas por los entrañables Firminio y Liberio, realizadas en colaboración con el padre Alberto Aranda; y las simpáticas caricaturas que pueblan la contraportada de Vida del alma, muchas de ellas ya instaladas en el imaginario de todos aquellos que crecieron viendo las viñetas -o “dibujitos”- del padre Serrano después de misa.

          Fecha triste para la editorial es el año de 1997. Tras 35 años al frente de Buena Prensa, el padre Wilfredo Guinea dejó este mundo. Su invaluable legado tendría que continuar con la llegada de los padres Elías Basila y Miguel Romero. Además de darle continuidad al proyecto del padre Guinea, lograron enriquecer a la editorial con nuevos aportes. En 2005 el padre Carlos Vigil, ex rector del ITESO –universidad jesuita de Guadalajara- y de la IBERO Ciudad de México, sustituyó al padre Basilia en la dirección. Cuatro años después, le tocaría al mismo padre Romero asumir ese puesto.

          Actualmente, en una suerte de aggiornamento –o puesta al día-, Buena Prensa se halla en una nueva gestión de cambio que busca actualizar y poner al día a la editorial. Con un equipo de aproximadamente 150 personas, continúa una misión de inspiración ignaciana. Con la médula puesta en el apostolado de las letras, está a punto de cumplir ochenta años de existencia. Material impreso –y más allá- dedicado a campos como: liturgia, teología, Biblia, historia de la Iglesia, espiritualidad, catequesis, oración y reflexión… es gestado, revisado o actualizado desde este laboratorio editorial que está al servicio de la Iglesia.

          En un gesto que recuerda al principio de movilidad y misión que planteó San Ignacio a los primeros jesuitas, Buena Prensa se mantiene en constante tránsito y crecimiento. Además de exportar material a diferentes sitios de América Latina, las cuatro librerías que hay en la ciudad de México se suman a otras once que van de Tijuana a Mérida, pasando por lugares como Culiacán, Guadalajara y Tuxtla Gutiérrez; Chihuahua, Monterrey y Torreón, en el norte del país; y Zacatecas, León y Puebla en el centro. Y contando.

          Aquel 1936 -cuando los espejuelos redondos del padre José Antonio Romero enfocaron hacia la máquina de escribir que emitiría el primer ‘teclazo’ de la editorial- el papa Pío XI apuntaba en París que era imperativo hacer prensa que fuera buena y eficaz para difundir el mensaje cristiano. Y lo bueno debe de saber bien. Gracias a Dios hoy ya no es necesario comerse los papeles. Aunque sí queda claro que las palabras impresas que de aquí emergen sepan ser alimento bueno para el corazón de quien las consume.