Papa Francisco: Carisma y Vigor

Víctor Manuel Pérez Valera*

La misión del Papa consiste, ante todo, en confirmar la fe de sus hermanos: ser a la vez piedra firme, inquebrantable y argamasa de unidad. La barca de Pedro ha sorteado fuertes vientos y terribles tempestades: a lo largo de la historia no han faltado dolorosas defecciones y graves vicisitudes, hasta el escándalo; combatida desde fuera e impugnada desde dentro, cree, empero, firmemente en las promesas indefectibles de su fundador. Esta misión debe asumirla el Papa Francisco con carisma y vigor.

La elección del nombre tiene en un Papa gran significado (nomen est omen: el nombre es presagio). En efecto, la imagen del santo de Asís evoca un reconstruir la Iglesia que presenta importantes cuarteaduras. Esta restructuración la realiza Francisco no con gestos ostentosos, sino con rasgos y acciones sencillos y humildes. El Papa Inocencio III vio en un sueño al “poverello” sosteniendo la Iglesia: la fuerza de lo sencillo, le dio vigor y lo convirtió en gigante del espíritu.

El carisma franciscano que pone el Papa en sus espaldas, se combina con el carisma ignaciano, jesuítico. El Papa es y se siente profundamente jesuita, como lo manifestó sencillamente a Adolfo Nicolás, general de la Compañía de Jesús. Ignacio de Loyola fue el paladín de la contrarreforma. El conocía los pecados y abusos de la Iglesia de su tiempo, pero su fe y tolerancia lo condujeron a optar, en lugar de por una reforma de división y ruptura, por un camino de conversión, renovación interior y unión. Más importante que luchar contra las indulgencias era luchar contra la propia indulgencia, y vivir el ideal de “en todo amar y servir”.

Al vislumbrar la imagen del nuevo Papa no podemos caer en estereotipos ¿ser de izquierda o de derecha? ¿conservador o progresista? No todo puede ser innovación. No se puede caer en la tentación de una religión a la moda: la renovación debe partir de la revaloración de las tradiciones para responder a la sensibilidad y legitimas inquietudes del hombre de nuestro tiempo. Para evitar rupturas el nuevo Papa debe esforzarse por dirigir a la Iglesia en un equilibrio de avanzada. Existen muchos aspectos que son inamovibles, lo que no es inamovible y si sumamente necesario es la conversión interior de todos los creyentes, cómo lo señaló el Papa Francisco: “Ser cristiano debe traducirse en lo cotidiano” y para eso: “No tener miedo a las sorpresas de Dios”.

No han faltado detractores sobre la actuación del Papa en tiempo de la dictadura argentina, pero todas esas sombras han sido esclarecidas por testimonios de gran prestigio. Primero, el de Adolfo Pérez Esquivel, argentino, premio Nobel de la Paz, y en segundo lugar, el de Álvaro Restrepo jesuita colombiano y provincial de Argentina. Probablemente algunas reflexiones del Papa Francisco están inspiradas por algunos rasgos de la teología de la liberación, elaborada sobre todo por el jesuita Juan Carlos Scannone.

Este aspecto fue subrayado por la Congregación general 31 de los jesuitas (1965-1966) y un poco más tarde confirmado por los documentos de las conferencias episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1972), que proclamaron la opción preferencial por los pobres.

Conviene recordar que Jorge Mario Bergoglio participó en la Congregación General 32, (1974-1975) en la que se volvió a subrayar la opción preferencial por los pobres. Sin embargo, conviene aclarar que no existe sólo una teología de la liberación, sino que se dan varios enfoques y diferentes matices. Algunos pretendían hacer análisis de la realidad desde la sociología marxista, que en no pocos suscitaba sospechas y hasta rechazos. No se excluye que Bergoglio, después de una etapa de discernimiento, se haya convertido a esta tendencia teológica argentina, que no estaba mediatizada por el análisis marxista de la realidad. Una cosa es clara, el actual Papa tiene una especial preocupación por los problemas sociales y procura vivirla con gran coherencia. Bergoglio fue nombrado Cardenal en 1998, y se dio a conocer entre sus compañeros por su trabajo brillante de relator, en el Sínodo de obispos de 2001. El Papa Francisco, como ya lo insinuamos, se distingue por su coherencia, su apertura al dialogo, su austeridad de vida y su raigambre jesuítica. Posee, para renovar la Iglesia en la unidad, carisma y vigor.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

 

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